En el interior del Parque Nacional de Timanfaya se pueden observar una gran variedad de fenómenos geológicos relacionados con su naturaleza volcánica así como una gran diversidad biológica que alcanza a 180 especies de vegetales distintos. Se trata de un hábitat donde la presencia humana ha sido prácticamente nula, siendo un auténtico laboratorio de investigación para procesos de colonización biológica.
La gran necesidad de intentar proteger un área de unas características ecológicas de valor incalculable llevó a declarar Timanfaya como Parque Nacional mediante el Decreto del 9 de agosto de 1974 y éste fue reclasificado por Ley en 1981.
Después de esto, la administración autonómica de Canarias intentando preservar este espacio natural, inició una nueva política proteccionista que llevó a la declaración en el año 1987 de la Ley de Espacios Naturales Protegidos la cual fue complementada en 1994 por la Ley de Espacios Naturales de Canarias. En total ocupa una extensión de 51,07 km² del suroeste de la isla. Todo el parque es de origen volcánico, "los volcanes de Timanfaya". Las últimas erupciones se produjeron recientemente, en el siglo XVIII, entre los años 1730 y 1736.

Después de todas las erupciones volcánicas, los volcanes de Lanzarote han entrado en un período de calma, dejando su huella e impidiendo la habitabilidad de toda esta zona.
El parque surge de las violentas erupciones volcánicas de 1.730-1.736, seis años consecutivos, y las posteriores del S.XIX, principalmente en 1.824. En él abundan variados elementos de interés científico, geológico y geomorfológico de gran singularidad y belleza paisajística. Sus altas temperaturas próximas a 600ºC se registran a menos de 10 metros de profundidad.

La espectacular erupción, acaecida en Lanzarote en el siglo XVIII, ha sido una de las más importantes de cuantas se han registrado en el vulcanismo mundial en tiempos históricos, no sólo por la enorme cantidad de materiales arrojados sino también por su larga duración, pues comenzó en Septiembre de 1730 y acabó en Abril de 1736.
Un testigo presencial de la catástrofe el cura de Yaiza Don Andrés Lorenzo Curbelo, dice así en su relato manuscrito: "El día primero de Septiembre de 1730, entre nueve y diez de la noche, la tierra se abrió de pronto cerca de Timanfaya, a dos leguas de Yaiza. En la primera noche una enorme montaña se elevó del seno de la tierra y del ápice se escapaban llamas que continuaron ardiendo durante diecinueve días". Este fue el espectacular comienzo de unas erupciones que luego continuarían, con algunos intervalos de reposo, durante un período de algo más de cinco años y medio.
Desde el mirador natural de Montaña Rajada, situada a 350 metros de altura, podemos contemplar una de las zonas más impresionantes de este lugar: un inmenso mar de lava - que ocupa la mayor parte del Parque Nacional de Timanfaya y se extiende hasta el mar - en el que se elevan algunos conos volcánicos coronados por dantescos cráteres y atravesado por largas y profundas grietas producidas por las fluidas corrientes de lava incandescente.


Buena parte de la gran extensión que hoy ocupa este inmenso mar de lava fue antes de la erupción uno de los territorios más feraces de la isla, constituido por viejas llanuras arcillosas que sustentaban campos de cereales.

Los volcanes que forman el Parque de Timanfaya pertenecen al grupo de los denominados hawaianos. Estos proyectan a gran altura enormes columnas de cenizas, llamadas lapilli, y que transportadas por el viento, han inundado extensas superficies y han cubierto las laderas y cráteres de muchas montañas antiguas. De estas copiosas lluvias de lapilli es un buen exponente el lugar que recibe el gráfico nombre de Valle de la Tranquilidad.
El núcleo principal de la erupción fue el macizo del Fuego, siendo su cima más alta de 525 metros.
Como accidentes interesantes de las lavas conviene citar los pequeños volcanes parásitos que se forman al pie de un cono central mayor, así como los homitos, nombre aplicado mundialmente en la terminología de la vulcanología a unos diminutos volcanes, generalmente producto de violentos escapes de gas aprisionado en las coladas incandescentes. Uno de los grupos más interesantes es el que se encuentra en las proximidades de la Montaña de Timanfaya, la más elevada de este macizo, por su lado de naciente. Cerca de ellos se asienta el imponente volcán del Corazoncillo, uno de los mayores cráteres de explosión de Lanzarote. De sus bordes parten escarpas interiores hasta el fondo de la caldera, situado a mayor profundidad que el suelo exterior.
Las últimas erupciones acaecidas en Lanzarote, tuvieron lugar en el año 1824 y estuvieron precedidas, como las anteriores, por un largo período preparatorio de varios años, durante los cuales se registraron en la isla numerosos terremotos de mediana intensidad. Se caracterizó principalmente esta erupción por la gran fluidez de las lavas y por las elevadas columnas de agua salada hirviente que salieron de algunos de sus cráteres, inundando los alrededores.
La soledad y la quietud de estas caóticas montañas, imponentes cráteres y profundas calderas, es absoluta.
Un curioso complemento a tan impresionante paraje lo constituyen los numerosos líquenes de variadas especies y colores que tapizan gran parte de las rocas y de la escoria, siendo por contra escasos, en un suelo tan virgen, los ejemplares de plantas superiores, entre las cuales son dignas de mención los juncos, paradójicamente plantas que, como es sabido, suelen requerir para medrar terrenos con un alto índice de humedad.
Y como final de este alucinante recorrido llegamos de nuevo al islote de Hilario, lugar que presenta como característica más sobresaliente el intenso calor geotérmico que se registra a escasos centímetros en su interior, el cual puede sobrepasar los 100 grados centígrados a menos de un metro de profundidad.
En el año 1974 esta zona fue declarada Parque Nacional. Sus peculiares características volcánicas y la extraordinaria belleza de su paisaje hicieron posible tal denominación.
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